Dra. Ana Nogales Ph. D.

MUJERES Y HOMBRES,
¿SOMOS TAN DIFERENTES?

¿Por qué somos tan diferentes los hombres y las mujeres?, nos preguntamos frecuentemente. Y, ¿cuándo fue que aprendimos a serlo?,  cuando tanto las niñas como los niños parecen no mostrar demasiadas diferen cias cuando pequeños. Ambos son expresivos y pueden mostrar afecto, pueden acariciar, dar besitos y recibir cariño de la misma mane ra. Hasta podríamos decir que los niños pequeños se muestran más sensibles emocionalmente que las niñas, lloran más seguido, se frustran y así lo expresan con desaire cuando las cosas no les salen como hubieran querido. Muchos padres se sorprenden de tener un varoncito tan amoroso y disfrutan de que sean tan especial sin cuestionar su futura masculinidad.

Sin embargo, ya para los 4 o los 5 años, los niños hacen un cambio substancial bajo la presión de la sociedad que los “invita” a comportarse más agresivamente. Caso contrario, el niño es criticado o ridiculizado, y desde entonces se pone en tela de juego su identidad sexual.

Para las niñas, ser femenina es una cualidad positiva. Ser femenina significa tener compasión, estar conectada emocionalmente y con los demás, ser cariñosa y comprensiva. En cambio, para los varones, aprender a ser hombre implica no ser débil, alejarse de la madre, “no dejarse”, no ser sentimental: en una palabra, todo lo que implica no ser femenino. Es entonces que para la niña, su transición desde la primera infancia es la maduración de sus aspectos positivos bajo la opresión cultural que le niega acceso a la desconformidad. Para el varón, se trata de una desconexión afectiva, de no sentir o de negar que se siente. Esta propuesta puede tener resultados indeseados tanto para uno como para otro, y convertirse en los cimientos de una depresión en la adolescencia o en la edad adulta.

Por más que los padres decidan dar una educación no sexista, la cultura se encarga de trasmitir estos comandos. Desde tiempos lejanos, la socialización de la mujer y el varón ha sido bien diferenciada. En China Imperial, las niñas debían ser delicadas, y para ello se les rompían los pies y vendaban para conformar su sumisión. La mutilación genital de la mujer es todavía practicada hoy en día en muchas culturas en Africa con el objeto de evitar su apetito sexual y facilitarla al hombre como propiedad.

En diferentes culturas arcaicas, el acto de iniciación del varón en la adolescencia consistía en una serie de rituales en los que debían tolerar el dolor mientras que marcaban sus cuerpos o los laceraban para siempre. Algunos eran castigados y hasta torturados  con el objeto de que el varón aprenda a tolerar los sufri-mientos de la vida sin quejarse, ya que si lo hacían, eran burlados o no admitidos en la comunidad adulta. Para el hombre, la masculinidad fue siempre resaltada por su capacidad de tolerar dolor, por su fortaleza física, por aguantar sin quejarse. Es así como se determina que cuanto más fuerte sea, más masculina será su presencia, y como consecuencia, el hecho de que un hombre nunca debe llorar a menos que quiera hacer el ridículo.

No muy lejos de aquellas prácticas salvajes, hoy en día los muchachos aprenden a competir, mientras que las jóvenes aprenden a depender emocionalmente del hombre que supuestamente la ha de proteger y cuidar. Si bien las culturas no son rígidas y se reacomodan a los cambios tecnológicos, económicos y políticos, vivimos sus resabios que marcan nuestra forma de comportarnos, a menos que estemos atentos de ellos y aprendamos a manejarlos para brindarnos la oportunidad de ser quienes somos con las menores res-tricciones posibles.
 
 

Ana L. Nogales, Ph.D.
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