Nació en el Ecuador, en la costa. En donde el clima es abrasante y los plátanos crecen por doquier. Alejandro y Bárbara Gallegos son sus padres. Y a su abuela la llamaban mamita Eva, porque a ella no le gustaba que la llamaran abuelita. Roberto tiene muchos hermanos mayores, sólo Jorge es el más pequeño: Hugo, Ermy, Alejandro, Carmen, Nely, Josefina, Clara, Roberto y Jorge.
En el Ecuador, a los oriundos de la costa los llaman monos y, a los de las sierras, paisanos o serranos. Hay una marcada diferencia entre ellos.
Roberto Gallegos nació en un pueblo que se llama El Triunfo. Desde muy pequeño, su abuela decía que de todos sus hermanos Roberto fue el único que avanzó y triunfó. Como que el pueblo que lo vio nacer y su nombre, tuvieran mucho que ver con el camino que la vida ya le tenía preparado.
¿Quién en tu familia te empujó para que Roberto Gallegos sea la persona que es hoy?
-Sin lugar a dudas fueron mi madre y mi abuela. Desde pequeño me gus- taba platicar con los mayores y aprender de su experiencia y sabi
duría. Mi madre decía siempre que yo era un niño viejo porque actuaba como una persona madura desde chiquito.
Entre tantos hermanos ¿hay alguien que se te parece?
-Tengo dos hermanas que les gustan los negocios como a mí. Tal vez porque nos criamos en una farmacia, mi padre era dueño de una.
Recuerdo claramente desde muy pequeño que mi madre nos pedía que saludáramos a todos con mucha educación y res- peto. Cursaba la prepa- ratoria cuando una mañana de camino a la escuela vi al Sr. Chávez. Lo mire y dije: “¡Muy buenos días señor Chávez!. ¿Cómo está Ud.? El señor se quedó absorto y me preguntó quien era yo. Le dije quien era y también que sabía que era el presidente del comité de padres de familias. Muy impactado, me agradeció semejante reconocimiento, se metió la mano en el bolsillo y me dio 10 pesos. Eso era mucho dinero en ese tiempo. “¡Toma!. Por saludarme tan amablemente te voy a dar este dinero”, dijo.
Esta experiencia cambió mucho mi forma de ser. De ahí en adelante, a todo el que veía por las calles saludaba con una vehemencia totalmente inusual.
¿Alguien más te recompensó por hacerlos sentir tan importantes por tu saludo tan especial?
-Nunca nadie más me dio dinero pero gané popularidad dentro del pueblo. Siempre decían “allí va el niño Gallegos, el que siempre saluda”.
El pueblo de El Triunfo es muy pequeño y Roberto recuerda que cuando tenía seis años abrió su primera cuenta de banco.
¿Abriste una cuenta de banco por los diez pesos que te dieron?
-No fue ese el motivo. Desde muy niño me gustaban las gallinas y comencé a criarlas para luego venderlas. Así que fui al banco con mi papá para poder abrir esa cuenta de banco.
¿Te sentías muy contento haciendo eso?
-Si, si… Crié pollos, crié gallinas y los vendía. Mi madre y mi abuela siempre me decían que había que guardar para los tiempos de las vacas flacas. Me inculcaron mucho el ahorro y se convirtió en una parte mía. Siempre me decían guarda, guarda, guarda. Nunca fue problema para mí conseguir dinero. Desde niño, si quería dinero, pues salía a vender una gallina o periódicos…
¿Había otros niños del pueblo haciendo lo mismo que tú?
-Creo que no. En esa época mi madre se distanció de mi papá por un tiempo y ella compró una casa a las afueras del pueblo. No teníamos luz y mucho menos televisión, no había nada de eso. Yo iba una vez a la semana a ver televisión a otro lugar. Un día, muy frustrado porque quería tener un televisor en mi casa, le pregunté a mamita Eva porque no teníamos uno, y ella respondió, “somos pobres mijo”.
Pero yo insistí y le dije “bueno, explícame ¿por qué somos pobres?, ¡contesta! tú que sabes muchas cosas”. Mi abuelita se rió mucho y me dijo: “porque tu papá nunca ha querido ser rico”. ¿Quieres decir mamita Eva que si yo quiero ser rico puedo serlo, y si quiero tener un televisor, también? “Si tu quieres, es cuestión de que tu lo quieras lograr”, me dijo. No necesité más explicaciones. Desde ese momento comencé a buscar la manera de materializar lo que me proponía obtener.
Así que la respuesta de tu abuelita te abrió un mundo sin límites y la seguridad que lo único que se necesitaba era la perseverancia para lograrlo.
-Yo pienso que uno nace con algo interior que lo inquieta y lo lleva a hacer determinadas cosas. Así que seguí con mi criadero de pollos, cada vez tenía más. Llegué a tener como 2 mil.
¿Cuántos años tenías en ese entonces?
Quince. A veces el pueblo se inundaba en los inviernos, el rió se desbordaba y no había forma de criar los pollos de una manera segura. Un día se me ocurrió intentarlo en la terraza de la casa de mi hermana que era de baldosa de cemento. Ahí crié mis pollos un invierno, pero no fue fácil.
Nada era un obstáculo insalvable para Roberto. El siempre trataba de encontrar una solución a cualquier reto que la vida le planteara. Sembró también tomates, maíz, tuvo puercos y cuando se le murieron los puercos y la tomatera se le secó, decidió buscar mejor suerte en otro lugar. En Ecuador se escuchaban historias maravillosas de gente que se había trasladado a Nueva York, en busca de una vida mejor, que ganaban en dólares y que lograban mucha prosperidad, que hacían hasta fortunas, en un país lleno de oportunidades. Roberto sintió que ya había intentado de todo en El Triunfo y que no había forma de ganarle a los reveses que había enfrentado, así que con diecinueve años y una determinación inquebrantable, se lanzo a Nueva York, lugar que le prometía todo lo que su mamita Eva le aseguró podía lograr, si él se lo propusiera.
¿Tenías algún amigo que viviera en Nueva York?
No. Pero como yo hablaba con todas las personas que se me cruzaban en mi camino, hice un par de amistades en el avión. Ellos me abrieron las puertas en Nueva York.
El poder más grande con el que cuenta Roberto Gallegos es su habilidad de comunicarse con los demás. Recuerda que recién llegado, viviendo en su nuevo barrio de Nueva York, lugar que consiguió a través de uno de sus nuevos amigos del avión, saludó a un señor que pasaba por allí y con gran asombro éste se detuvo y le dijo: “Yo te conozco a ti. Sí, tú eres de El Triunfo, ¿verdad?. Allá me saludabas también”, le dijo. Y, el señor le consiguió un mejor trabajo y lo llevó a su propia casa en donde Roberto vivió los dos primeros años en esa ciudad.
Roberto no sabía inglés pero se comunicaba en español con cada persona que encontraba en su camino. Le preguntaba quien era, de dónde había venido, cómo estaba, y aprendió de cada una de ellas.
¿Cuál fue tu primer trabajo?
-Conseguí un trabajo en una gasolinera. Fue muy duro porque llegando de un pueblo tan cálido como la costa de Ecuador a trabajar desde las doce de la noche hasta las ocho de la mañana del día siguiente al aire libre, con temperaturas bajo cero, fue tremendo. Después me fui de lavaplatos a un restaurante. Pero pronto recordé que no había venido a este país para eso.
Así que estudiando sus posibilidades, resolvió enlistarse en la Infantería de Marina de los EE.UU. Calculó que los beneficios que lograría en ella serían casi imposibles de obtener de otra manera.
¿Cómo lograste entrar a la marina y cuántos años tenías?
-El que reclutaba para la marina se cansó con mi insistencia. Lo iba a ver casi todos los días y entonces para sacarme de encima me dijo: “aquí está este libro. Si te lo aprendes y pasas el examen puedes ingresar en la marina. Tenía veintidós años.
Roberto aprendió el libro de memoria y pasó el examen. «Compré un diccionario y traduje todo el libro», dijo. Pero el gran problema que enfrentó al principio fue el no hablar inglés ni entenderlo y para saber lo que su superior le decía debía mirar su boca para leer, de alguna manera, lo que le estaba diciendo, en vez de mirarle los ojos, como era lo reglamentado.
La determinación de Roberto Gallegos para alcanzar su meta propuesta es admirable, sobretodo si consideramos que tenía veinte años y que estaba solo en Nueva York. Todos sus compañeros se iban a fiestas o a otras actividades y él se quedaba con su libro y un diccionario, estudiando. Se reían, se burlaban, le decían que estaba loco, que no iba a poder entrar, porque no hablaba inglés y mucho menos lo entendía.
Un día el sargento le regañó por algo y ya sin paciencia le preguntó: “Do you speak English? Al darse cuenta que no, le trajo un traductor y le cuestionó qué hacía allí y cómo logró entrar. Roberto respondió que había memorizado el libro y pasado el examen. Furioso le ordenó que se fuera de inmediato. Pero Roberto insistió y logró que le diera dos opciones: “Te puedes ir hoy y olvidamos lo que pasó acá o te tomamos el examen de nuevo para ver si hubo fraude o alguien te falsificó los papeles”, le dijo. Al cerciorarse Roberto que el examen sería del mismo libro que memorizó, respondió aliviado que lo haría en cuanto lo dispusiera.
El capitán le tomó el examen personalmente. “De 100 preguntas pasé como 98 y se dieron cuenta de mi problema y muy curioso, me gané el respeto de todos ellos”, dice Roberto con mucho orgullo.
El grupo de Roberto había comenzado con ochenta hombres y en menos de dos semanas quedaba la mitad. Roberto le dijo al capitán que a pesar de que él no hablaba inglés, tenía la determinación de quedarse. Ya no lo molestaron, más bien lo ayudaron para que aprendiera inglés. Además, el capitán le dio una carta de recomendación. Al poco tiempo lo trasladaron a California y lo primero que Roberto hizo fue presentar su carta al nuevo sargento, quien afortunadamente era mexicano. Leyó la carta, se rió y le dijo, «¡chihuahua, no hablas inglés!». «Me tomó mucho afecto y me apoyó para que estudiara inglés, y que hiciera los cursos necesarios para ascender dentro de la marina. Escalé demasiado rápido y mis compañeros estaban molestos, decían que había discriminación porque el sargento era mexicano y estaba ayudándome porque era latino. Así que cuando alguien me habla sobre discriminación yo puedo decir que he escuchado de ambos lados. Dicen que hay discrimi nación contra el moreno, contra el blanco y contra el hispano. En lo personal, nunca he sentido discriminación, el que no quiere trabajar, el que no quiere hacer cosas se va a discriminar solo. Es una excusa muy elegante», dice Roberto.
Roberto permaneció en la marina por cuatro años, y sólo podía ascender si se quedaba seis años más.
¿Cuándo te legalizaste?
-Al segundo año de estar en la marina. Yo siempre recomiendo a los padres que manden a sus hijos a la marina.
Con esta situación con Irak, yo no recomendaría la marina…
-Pero muchos hijos se mueren en la calle, aquí en esta ciudad y también muchos se mueren allá. En la marina se puede estudiar en la universidad, ellos pagan todo. Yo aproveché para estudiar finanzas en los años que estuve allí.
Cuando dejas la marina, ¿tienes un plan adonde ir?
Cuando estaba en la marina compré mi primera casa para practicar. Empecé a trabajar en una empresa de préstamos en la que trabajé por tres años.
Roberto asegura que cualquier persona puede mejorar su condición de vida. El nunca se conformó con lo que tenía y a través de su empresa, Roberto Gallegos Inc, ayuda a que la gente se supere, a que salga adelante, y de ese modo siente que retri buye toda la educación y riquezas que este país generoso le ha brindado. Se lamenta por no haber terminado la universidad pero dice que tiene un doctorado en resultados, de la universidad del éxito. Y esa es su visión sobre la vida y la que propaga.
«En este país uno va a la biblioteca y encuentra libros de todo lo que uno quiera saber o hacer. Cuando estaba en la marina leí un libro de Napoleón Hills que se llama: Piense y Hágase Rico. Lo traduje y lo aprendí. Me encantó y compré este cuadro que dice Su primer millón. Tuve problemas con él. Un día el capitán hizo inspección en mi cuarto y cuando lo vio me preguntó porque lo tenía. Le respondí que un día yo haría un millón. Se rió y me dijo, “¿cómo vas a hacerlo?, ¿cuánto ganas? Yo ganaba $10.800 al año en ese entonces, era el primer año con la marina. Pues, ¿cuánto tiempo te va a tomar hacer un millón?, me preguntó. “Mi capitán, si ahorro 10 mil dólares por año, en 100 años tendré un millón”, le contesté convencido. “Estás loco, ¡quita ese cuadro!”, me ordenó. Y lo tuve que quitar porque era una orden directa de mi capitán.
Roberto investigó en el departamento legal de la marina y preguntó si era verdad que en este país todos tenían derecho a su religión, credos, y a la libre expresión y si se perdía este derecho al ingresar en la marina. Cuando Roberto detalló lo sucedido, el oficial le dijo que el capitán no tenía ese derecho porque se trataba de algo personal. Roberto le pidió que se lo pusiera por escrito y volvió a su cuarto a colgarlo. Cuando vio a su capitán le presentó la carta y le dijo, “Mi capitán, me perdona. Yo creo en esto”. El se rió y dijo, “ni yo que gano mucho más creo poder hacer un millón”, a lo que Roberto le aseguró que si él quisiera podría encontrar la manera de hacerlo.
“Los primeros diez mil dólares fueron los más difíciles de ahorrar. Un dicho mexicano dice: “el que tiene hambre en pan piensa”. Yo pensaba ¿cómo hago el millón?, ¿cómo hago el millón?. Observé que el dinero hace más dinero y comencé a hacer préstamos», dice Roberto.
¿Cuándo creas tu compañía Roberto y cuál es su misión?
-Fue en 1995 y compré este edificio, así que comencé aquí, siendo dueño de mi propio lugar. Siempre he ahorrado y cuando salió la oportunidad lo compré a muy buen precio.
Cuando compré mi primera casa ganaba sólo $10.800 al año y hacia pagos de $980 dólares por mes. Esto me demostró que uno puede comprar algo valioso como una casa, en este país, a pesar de tener un sueldo pequeño. Esto es lo que me dediqué a enseñar a la gente. Cuando las familias me dicen que es imposible tener una casa, que no se puede con los pagos, yo le explico que sí se puede y que se debe buscar la forma. Siempre he transmitido mi propia experiencia a la gente. Nadie puede dar lo que no tiene o enseñar lo que no sabe. Les recuerdo también que si vinieron a este país fue para buscar una vida mejor. Pero si no la buscan, no se esfuerzan, no se comprometen, se quedarán estancados. Cuando uno se compromete al éxito o a seguir el ideal que se tiene, se lo logra. He llegado a hablar con veinte familias en un día y con mi deseo de llevar mi mensaje a más gente, tuve un programa por radio y ahora publico una revista.
La información que ofrece a través de su revista Nuestra Casa es muy inteligente, práctica y fácil de entender. Lo más admirable en Roberto es su generosidad, ayuda al que se le acerca, y lo induce a pensar en grande y lo guía en su trayecto. La magia de su comunicación, habilidad que adquirió desde pequeño, ha sido su mejor herramienta para lograr el éxito y ayudar a los demás.
«Siento que esos 10 pesos que me dieron fue lo mejor que sucedió en mi vida», dice Roberto.
¿Cuánto personal tenías cuando comenzaste?
Una secretaria y yo. Ella era de Zacatecas y me ayudó a entender algunas expresiones que yo no conocía. Un día, hablando con una señora sobre la hipoteca de su casa, me dijo, “mire joven, yo no me quiero endrogar”. “Yo tampoco, yo no soy drogadicto”, le contesté preocupado. Gracias a esa secretaria supe que ‘no me quiero endrogar’, significa ‘no me quiero endeudar’. Esta secretaria me trajo muchas fami-lias de Zacatecas. Por eso siento una gratitud muy profunda hacia ellos y hasta digo que soy de Zacatecas.
¿Cuánta gente trabaja hoy en tu empresa?
Como 250 personas y contamos con 5 edificios propios en otras ciudades. Ya tene mos una sucursal en Las Vegas, otra en Phoenix y el próximo paso va a ser llevar la compañía a nivel nacional. Los hispanos estamos creciendo en todo el país.
¿Ofreces clases en español para que la gente logre su licencia como agentes de bienes raíces?
Sí, y es parte de la misión de la empresa, el educar a la comunidad. La gente hace el curso en español porque así entiende el concepto pero el examen del estado es en inglés. Acá hacemos lo que yo hice en la marina, traducimos el libro para que lo entiendan en inglés y pueden pasar el examen. La gente que tiene experiencia en ventas puede entrar en este negocio de bienes raíces. Vendemos dinero en los préstamos, vendemos sueños con las casas. El mejor negocio que hay es el negocio del dinero y el dinero grande está en propiedades y tierras. Y las oportunidades no están sólo aquí, hay precios muy bajos en Utah y en otros estados.
Roberto ¿estás casado?
Tuve la buena fortuna de casarme con una mujer noble y muy buena. Es muy importante el estado emocional de una persona, y en mi caso, pude crecer y llegar adonde llegué por tener la compañera que tengo. De nuestra compañera depende el que uno pueda desarrollarse, elevarse o caerse. La vida es muy difícil de llevar si la relación no funciona. Estoy casado con Silvia desde hace catorce años y junto a ella hemos formado una familia maravillosa con cuatro hijitos. Nuestro último bebé nació en septiembre.
La familia Gallegos vive en una hermosa casa en el condado de Orange. Su hijo mayor Robertito Jr. de 11 años tiene ya su cuenta de banco y su plan de retiro; Melina, de 8 años; Andrés de 2 años y medio y Natalia, es la niña recién nacida de sólo dos meses.
¿Cuál es tu mensaje para los lectores de PARA TODOS?
Les aseguro que este país es maravilloso, que se pueden crear fortunas si cambiamos nuestra forma de pensar. Podemos vivir en la pobreza si tenemos mente de pobre y nos conformamos con lo que se nos presenta con facilidad. Toda persona puede mejorar su situación personal y económica si se lo propone. Pero el país no les va a cambiar la vida ni nadie va a hacer el trabajo por él. Y siempre les digo a mis empleados, a mis colaboradores, que el aprendizaje debe ser constante, que cada dos o tres años te vuelves obsoleto, la tecnología avanza, el mundo cambia y si no te mantienes al tanto, pierdes.
Cuéntanos de algún fracaso que tuviste
Yo siempre miro el fracaso como experiencia, porque en el intento de seguir avanzando, se cometen errores o hay desilusiones en donde el resultado no es el que se esperaba. Pero se aprende mucho de ellos.
Tuve un estudio de grabación. Se invirtió más de 100 mil dólares, las personas encargadas no supieron manejarlo así que se perdió ese dinero pero yo valoro la experiencia, lo que he aprendido de estos tropiezos. Porque en realidad no se invierte en los negocios sino en las personas que uno selecciona para esa función. Pero cada mañana es un nuevo comienzo, cada día uno tiene el cien por ciento de oportunidades de triunfar pero si nos lamentamos de lo que pasó el día de ayer, no lograremos nunca solucionar nada, y mucho menos avanzar. Además yo siempre le pongo un precio a ese error o a este fracaso, porque si tengo la oportunidad de seguir ganando más adelante, no se puede perder el tiempo lamentándose. Lo que no es negociable es la salud, la armonía en la familia así que es muy importante mantenerse saludable, la familia unida y bien cuidada. Los golpes emocionales son los únicos que nos pueden destruir más que cualquier otra cosa en la vida. PT